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El Imperio asirio

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El Imperio neoasirio supone, además, una bisagra entre las antiguas tradiciones monárquicas mesopotámicas y el Imperio persa

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Quizás pocos estados y pocas sociedades han estado tan marcados por lo militar como el Imperio neoasirio, que en sus tres siglos de historia protagonizó campañas militares incesantes, buscando hacer realidad sus pretensiones de dominio universal y volver a los días de gloria del periodo mesoasirio, cuando monarcas como Tukulti-Ninurta I eran capaces de batir a hititas y babilonios. Ya con Adad-Nirari II las tropas asirias pugnan por ensanchar el dominio de Aur, con expediciones hacía los tradicionales vectores de expansión asiria: la frontera con Babilonia, las tierras altas septentrionales y la meseta altomesopotámica. Y sus sucesores no harán sino ampliar los horizontes del poder asirio, monarcas guerreros como Aurnasirpal y Salmanasar III, que extenderán su control hasta Siria y Cilicia por el oeste y cruzarán los Zagros hacía el este para hacer sentir su influencia sobre las tribus iranias. Entre el 811 y el 745 a. C. Asiria sufre un declive, motivado quizás por la falta de un líder fuerte sobre su trono, pero Tiglat-Pileser III volverá a resucitar sus fortunas, apoyado en una reforma que convierte al ejército asirio en permanente, aumentado, además, con contingentes auxiliares proporcionados por sus vasallos. Con este ejército los monarcas asirios extenderán su dominio a las cuatro esquinas del mundo, llegando incluso a dominar Chipre y Egipto. Ciertamente, ¡Aur era rey! Podemos reconstruir el devenir del Imperio y los pormenores de su organización militar gracias a los archivos asirios y gracias a las inscripciones con las que los monarcas inmortalizaron sus hazañas, registrando las campañas que, prácticamente con cadencia anual, emprendían. Inscripciones y relieves que son, sobre todo, un espléndido medio de propaganda, otra arma en la que los asirios sobresalieron. A la propaganda por el hecho, que los asirios empleaban con profusión merced al saqueo de ciudades, la tortura y ejecución de los adversarios decapitados, empalados, desollados y la deportación de poblaciones, se suma la propaganda visual que adorna los palacios asirios y que deja bien claro a las embajadas extranjeras lo que suponía oponerse a la voluntad de sus reyes. El Imperio neoasirio supone, además, una bisagra entre las antiguas tradiciones monárquicas mesopotámicas y el Imperio persa. Por una parte, hereda y prolonga muchos de los rasgos de aquellas, y, por otra, innova nuevas soluciones en la organización militar y en la administración del mayor imperio conocido hasta la fecha, que serán heredadas por los aqueménidas. ¡A-ur LUGAL!¡Aur es rey!