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Los Mongoles

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Para explicar cómo las dispersas y enfrentadas tribus mongolas se unificaron y fueron capaces de acometer su campaña de conquista mundial están estas páginas

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Emplear los referentes geográficos de cada extremo de un imperio, sea la Roma a la que dedicábamos nuestro anterior número sea aquel donde el Sol no se ponía, siempre es un recurso fácil para describir su pujanza y dar una idea de su poderío, pero rogamos al lector que nos perdone si recurrimos a él. Y es que, analizando las prodigiosas conquistas mongolas, que se suceden en apenas unos decenios, uno tiene la sensación de que poco faltó para que ahora mismo estuviera escribiendo estas líneas en mongol en lugar de en castellano. De Corea a Palestina y de Hungría a China, los mongoles extendieron su dominio, ante el que no había ejército, plaza fuerte, obstáculo geográfico o socorro divino que se resistiese, y sólo la misma extensión de sus conquistas, ingobernable, y las disensiones internas evitaron que siguieran extendiendo sus fronteras hasta los límites últimos del mundo, a lomos de sus pequeños y resistentes corceles. Para explicar cómo las dispersas y enfrentadas tribus mongolas se unificaron y fueron capaces de acometer su campaña de conquista mundial están estas páginas. Desde la figura enorme de Gengis Kan, conquistador y estadista de talla descomunal, a su nieto Kublai Kan, emperador omnímodo de la China yuan y ejemplo de la versatilidad mongola y su capacidad de adaptación los a la postre secretos de su éxito. El éxito mongol no es sólo el de un pueblo de jinetes capaz de arrollar a cualquier oponente con sus tormentas de dardos y sus cargas, astuto como un cazador capaz de hacer caer a su presa en una trampa, merced a su inagotable catálogo de artimañas, sino también el de unos hombres capaces de aprender con cada nuevo enemigo que enfrentaban, asimilando con una rapidez inusitada sus técnicas y tácticas para incorporarlas a su elenco de recursos. ¿Quién le hubiera dicho a Gengis que sus descendientes cambiaran la sencilla yurta por ese onírico palacio de Xanadú al que cantara Coleridge En Xanadú, por decreto de Kublai Kan, una gran cúpula se construía?