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La Primera Cruzada

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Deus le volt! Deus le volt! ¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere!,

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Resonaba el grito por toda Europa occidental, eco poderoso de la prédica papal en Clermont. Pero, ¿realmente Dios lo quiso? Quizás el Dios del Antiguo Testamento, el Dios de la batallas, hubiera entendido la Cruzada, pero se hace difícil conciliar la imagen de unos cruzados masacrando a mujeres y niños en la mezquita de al-Aqsa con el mensaje del evangelio. La afirmación del refrendo divino a la hora de hacer la guerra es casi una constante en todo tiempo y lugar, desde el ius fetiale romano al yihad musulmán, pasando por el Gott mit uns prusiano grabado en las hebillas de los soldados de la Wehrmacht o el ¡Santiago y cierra España!. Un observador escéptico indicará que esto no es más que el necesario envoltorio de una píldora que a cualquier hombre cuerdo se le hace difícil de tragar: el hecho de tener que matar y, sobre todo, el riesgo de morir, que supone la guerra. Y sin embargo, al margen de la distancia que en el mundo mo- derno se ha tomado del hecho religioso, este es fundamental para entender actitudes y reacciones como las que na- rramos en estas páginas. Solo poniéndonos en el lugar del hombre del siglo XI puede entenderse el fervor místico que embargaba a las masas que se pusieron en movimiento para liberar los Santos Lugares, desde el campesino más hu- milde arrebatado por Pedro el Ermitaño a un conde de Tolosa. Desde luego, tampoco es cuestión de ser ingenuos; el fervor religioso por sí solo no explica la Cruzada. Detrás de ella está la dinámica de una sociedad feudal en plena ex- pansión en la Europa occidental, que superados los asaltos de vikingos, musulmanes y magiares se ve capaz de pro- yectarse más allá de sus fronteras, encauzada por una Iglesia en plena pugna por el control del ámbito secular. Y las motivaciones individuales podían ser también muy variadas, desde las de clérigos embriagados de milenarismo con anhelos de una inminente segunda venida a las de un aventurero normando como Bohemundo, cuyos sueños eran más de este mundo, como hacerse con el Imperio bizantino o al menos con algún señorío en Oriente. El impacto de la Cruzada y las que la siguieron fue tremendo, intensificando de manera dramática el contacto entre Europa occidental y el Próximo Oriente. Un impacto que sigue vivo, con el término deformado y tergiversado por unos y otros, sea un George Bush hablando de una cruzada contra el terrorismo sean los terroristas de Al Qaeda hablando de nuevas cruzadas contra el Islam. ¿Seguro que Dios quería esto?