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La Pimera Guerra Judeo-Romana

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La situación de Judea en el año 66 d. C. era por tanto explosiva, y bastó una chispa: la torpeza de un procurador romano que no supo ver la profundidad del problema y creyó que mediante la simple represión acallaría las protestas. En su lugar provocó una guerra que Roma tardaría siete años en sofocar.

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Maestro, mira qué piedras, y qué fábrica tan asombrosa. Jesús le dio por respuesta: ¿Ves todos esos magníficos edificios? Pues serán de tal modo destruidos que no quedará piedra sobre piedra (Marcos 13.1-2; también Mateo 24.1-2 y Lucas 21.5-6). Con tan sombrías palabras profetizó Jesús el destino del Segundo Templo, que efectivamente sería destruido, junto con gran parte de la ciudad de Jerusalén y las vidas de cientos de miles de personas, en el terrible asedio romano del año 70 d. C. ¿Pero, qué fue lo que condujo a este trágico final? En el siglo I d. C. Judea era un satélite de Roma, sus reyes meros títeres o incluso prescindibles (sustituidos a menudo por funcionarios romanos: procuradores). La élite aristocrática y sacerdotal judía, los saduceos, era sumisa y colaboradora con la autoridad romana, que a cambio garantizaba sus intereses de clase. La masa popular, por el contrario, veía tanto a su propia élite como a la potencia dominadora como los causantes de sus males. La fiscalidad era elevada, lo que conducía al recurso del préstamo y ello a su vez al abuso por parte de los prestamistas, redundando en un aumento exponencial de la pobreza. Muchos desheredados recurrieron al bandidaje, que se volvió endémico. La presencia romana no era solo opresión, también humillación, en tanto que cautiverio a manos de impíos e idólatras (politeístas), atribuible al castigo divino merecido por sus pecados. Bastaba la introducción de la efigie imperial en Jerusalén, lo que contrariaba el aniconismo judío, para sublevar a las masas. El panorama ideológico era muy heterogéneo: los fariseos rechazaban de plano el helenismo y toda novedad (favorecidos por los saduceos), y en su lugar exigían un estricto acatamiento de la ley mosaica, un mensaje que calaba mejor entre la población humilde. Hubo también comunidades consagradas a la vida ascética, como los esenios, y grupos como los zelotes, que perseguían la liberación respecto a Roma mediante la lucha armada. A ello se añadía la tensión entre las comunidades griegas y judías, cuya competición se expresaba en forma de conflicto religioso. La situación de Judea en el año 66 d. C. era por tanto explosiva, y bastó una chispa: la torpeza de un procurador romano que no supo ver la profundidad del problema y creyó que mediante la simple represión acallaría las protestas. En su lugar provocó una guerra que Roma tardaría siete años en sofocar.