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De Octavio a Augusto

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En estas páginas repasaremos dos cruciales y turbulentos años, de 44 al 42 a. C., que supusieron la entrada en escena de un joven Octavio y su acceso al poder

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El asesinato de César, que tras su victoria sobre Pompeyo y los senatoriales se había convertido en dictador perpetuo, volvió a abrir la úlcera del Estado romano, solo cerrada en falso tras Farsalia, Tapso y Munda. Que las instituciones de la vieja República no daban ya respuesta a las necesidades de gobierno ecuménico a que su expansión le había abocado era palpable, como lo era la pujanza de nuevos grupos sociales que pugnaban por encontrar su hueco en las esferas de poder. Equites, élites itálicas y aristócratas provinciales querían su parte del pastel, negada por una casta optimate impermeable a sus exigencias, como impermeable había venido siendo desde los Graco a los intentos por mejorar la situación del cada vez más depauperado campesinado itálico. La muerte de César volvió a abrir la caja de los truenos, y detrás de todo, de nobles llamadas a la libertas de unos y de pietas y venganza de los otros, ambición. Ambición seca y descarnada, esa pugna por la dignitas y los honores que había durante siglos espoleado a los nobiles republicanos en su engrandecimiento del Estado, y que como a través de un lento embudo acaba decantándose en un gobierno unipersonal, el de Augusto.En estas páginas repasaremos dos cruciales y turbulentos años, de 44 al 42 a. C., que supusieron la entrada en escena de un joven Octavio y su acceso al poder, con la definitiva derrota de la República y de los optimates. Pero con Filipos no llegó la paz, ni tampoco Octavio pasó a ser Augusto. Todavía quedaban años de guerra civil, primero con la Guerra Perusina, luego con la pugna contra Sexto Pompeyo y como último acto el choque entre los dos triunviros. Años que no hicieron sino incrementar las ansías de paz por parte de una sociedad exhausta por el continuo batallar y preparada para aceptar un monarca, un emperador. Otras guerras, otros futuros números.