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Egipto. El Imperio Nuevo

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Lectores, desde lo alto de estas líneas (casi) 40 siglos os contemplan

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La famosa arenga de Napoleón durante su malhadada campaña en Egipto es una buena muestra de la fascinación que el País de las Dos Tierras ha despertado en la mente occidental durante siglos, y que podemos remontar incluso a las narraciones de Heródoto, el padre de la Historia, que ya viajará allí en el siglo V a. C. Esa imagen misteriosa, que el orientalismo del XIX no hizo sino acrecentar, ha calado hondamente en el imaginario colectivo, exacerbada hasta lo increíble por una cultura popular plena de momias malvadas y pirámides laberínticas erigidas por alienígenas. Lejos nosotros de arcanos saberes y malignas criaturas si es que hay alguna peor que el hombre, abordamos en este número el Egipto del Imperio Nuevo, cuando bajo la égida de las dinastías XVIII, XIX y XX ocupe un lugar preponderante en la escena internacional, compitiendo con mitannios e hititas. Esa beligerancia va a traducirse en un creciente papel del ámbito militar, evidente ya desde la expulsión de los hicsos y que tiene su exponente más acusado con el ascenso al trono de faraones salidos de los rangos del ejército, como Horemheb. Analizaremos así la máquina militar egipcia, compleja y capaz de desplazar rápidamente ingentes ejércitos, como en las campañas de Megiddo y Qadesh. La primera supone, quizás, la primera batalla cuyo desarrollo podemos seguir con alguna seguridad, el ejemplo señero del genio táctico de ese al que se ha ensalzado como el Napoleón egipcio, Tutmosis III. Ese desarrollo militar, con logísticas complejas y tipos de tropa cada vez más especializados que mejor ejemplo que el carro de guerra, tiene su trasunto en unas prácticas diplomáticas cada vez más sofisticadas. Y bajo los oropeles de las cancillerías, la vida de hombres como ese Ahmose hijo de Ebana, que eran quienes se batían el cobre (bronce ya): Yo crecí en la villa de Nekheb. Mi padre fue soldado del rey del Alto y Bajo Egipto Sequenenra, justo de voz, cuyo nombre era Baba, hijo de Re-inet. Presté servicio como soldado en su lugar en el barco El toro salvaje, en tiempos del señor de las Dos Tierras Neb Pehty-Re, justo de voz. Yo era (entonces) un joven que (aún) no había tomado esposa y pasaba las noches reparando el cordaje [] Envejecí; alcancé una avanzada edad. Favorecido como antes, y querido por mi soberano, descanso (ahora) en la tumba que yo mismo he construido

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